El camino de la colina de las nieves.
Iba caminado, como de costumbre, por la relativamente empinada colina del ‘camino de la colina de las nieves’, justo con el tiempo necesario para llegar a misa. Normalmente, en una situación como aquella, mi mirada está fija en el camino que tengo adelante; mi mente piensa en las rutas más cortas a seguir y comienza a preparar los pretextos que podría decirle al Señor en caso de llegar tarde; mi cuerpo, tal cual locomotora desbordada, sigue su camino si dar ni un paso atrás. Normalmente, en definitiva, me doy muy poca cuenta de lo que está pasando a mi alrededor. A excepción de esta ocasión que quiero relatar.
Aquella tarde fue algo especial. Por alguna razón algo agarró mi atención tal cual un globo le roba la atención a un niño de 1 año: Era una pareja de ancianos. Un hombre y una mujer. Quizás recorriendo su septuagésima década. Su sabiduría se reflejaba con cada rayo plateado de su cabelleras. Sus cuerpos, que ya reflejaba la falta de producción y agotamiento de colágeno y elastina desde hace algún buen tiempo, con paso lento pero firme, también bajaban por el mismo camino, acompañandos de un tercero. Este estaba en medio de los dos y se aferraba firmemente a las manos de los vetereanos: Era una persona con algún tipo de discapacidad física y psíquica. Por su apariencia, diría que habrá tenido más o menos cuarenta años.
Al mirar aquella escena, me conmoví. Lo primero que pensé al ver aquel trío fue el gran amor que esta pareja de esposos, aún en su vejez, le proporcionaba a su hijo. Claro, este no necesariamente pudo haber sido el caso. Quizás se trataba de dos buenos samaritanos aleatorios que estaban ayudando a una persona con discapacidad. No lo sé. Las permutaciones y combinaciones que se pueden dar son virtualmente infinitas. En este caso, sólo Dios sabe cuál es la verdad. Lo que sí puedo decir, dado mi sesgo 'optimista-dramático' de la vida (sumada a mi capacidad para fantasear y hacer novelas en algunas ocasiones), es que esa fue la visión mental que se plasmó en mi memoria. Y quiero creer que esa es la realidad.
Este cariño mostrado por los viejecitos, esta caridad mostrada hacia su hijo, se contrasta de forma chocante con la pequeñez que nuestros corazones demuestran al tener que lidiar con cosas que nos desagradan. Nuestro corazón se cierra a las cosas feas, a las cosas que nos implican dar más de nosotros mismos. Preferimos sumirnos en nuestro propio mundo, dejándonos llevar por la ley del gusto y del disgusto para mantenernos en nuestra zona de confort... Sin saber que aquello nos emburbuja en nuestra propia miseria, en nuestro propio egoísmo. Haciendo un pequeño paréntesis de lo que quiero escribir, permíteme preguntarte querido lector, ¿Tú tienes algún familiar con alguna discapacidad física o psíquica? Si es así, ¿Cuándo fue la última vez que te sentaste a conversar con aquella persona, prestándole tus cinco sentidos, sobre lo que ella te quiera contar? ¿Cuándo fue la última vez que la invitaste a tu casa para demostrarle con gestos simples que la amas tal cual es? ¿Cuándo fue la última vez que la llevaste contigo a un viaje de familia para que ella también gozara contigo de las alegrías que tu gozastes? ¿Preferiste no llevarla? ¿Preferiste no invitarla? ¿Preferiste no escucharla? Cuestiónate... "Lo que habéis hecho por el más pequeño de mis hermanos, lo habéis hecho por mí..."
Ahora, por la sabiduría que viene con la vejez, pienso que los corazones sensibles que nos llevan décadas de delantera en este peregrinar que llamamos 'vivir' están más prontos a servir... Sí, puede ser... Pero el sensibilizarnos ante el dolor ajeno es algo que llevamos impregnado en lo más profundo de nuestro ser. Entonces, es algo que todos compartimos y nos habla de algo de nuestra propia naturaleza: Que somos seres para amar y para ser amados. Esto nos lleva a algo más profundo. Algo que muchos quizás no se den cuenta a primera vista: "El amor es paciente, es servicial;... no busca su propio interés, no se irrita, no tienen en cuenta el mal recibido,... El amor todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta. El amor no pasará jamás... En una palabra, ahora existen tres cosas: la fe, la esperanza y el amor, pero la más grande de todas es el amor." Este ejemplo que aquellos ancianitos me dieron es un testimonio fehaciente de que es verdad que no hay amor más grande del que da la vida por el ser querido ¡Esa es una realidad tangible! ¡Es real!
Quizás, alguno me dirá que es una realidad triste ya que esa pobre pareja debe cargar con el pesar de no saber qué pasará con su hijo. Viéndolo objetivamente, sí, es una realidad tangible muy triste. De hecho, el corazón y el alma de aquellos ancianos han de estar traspasados por una espada tan dolorosa como es la de no saber qué es lo que le puede deparar el futuro a su hijo después de que ya no puedan dejar huellas en este mundo sensible. Pero su actitud al sostener la mano de su hijo, con la misma firmeza de aquel quién busca en ellos su seguridad, demuestra que ellos, aún a sabiendas de esa realidad punzante, piensan vivir el auténtico amor hasta las últimas consecuencias. Vivirlo cargando esa cruz que puede ser muy pesada para algunos. Vivirlo hasta el dolor. Vivirlo hasta hasta espirar su último aliento.
Aquella experiencia que El Señor me permitió ver la veo como una muestra muy dulce de que el amor verdadero existe. Sí, el mundo ha objetivizado al amor vendiéndolo como sexo. Sí, el mundo nos ha hecho percibirlo tan negro cuando maltrata y aplasta a aquellos más indefenso. Sí, es una realidad dramática... que puede ser vista con optimismo. Por eso, ¡Abramos los ojos! Quizás, cuando menos lo esperemos, vamos a encontrar al amor verdadero disfrazado de fragilidad...
Comments
Post a Comment